De La Luna y el Gato | Tienda de Libros

ultimas luces

Ficciones

Poemas

Videos

Nueva fundación de la literatura en la Patagonia

El lector/Poblado de libros por

Patagonia literaria. Fundaciones, invenciones y emancipaciones de un espacio geopolítico y discursivo. Claudia Hammerschmidt (Ed.). INOLAS Publishers Ltd., Potsdam, 2016

Gracias a este libro me enteré que en 2014 se realizó en la ciudad alemana de Jena un coloquio con el mismo título del libro, en el que participaron investigadores del Centro Patagónico de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional del Comahue y de la Universidad Austral de Chile. Hay un sitio web también: www.patagonia.uni-jena.de donde se puede ver más del trabajo de esta “red temática sobre cambio transnacional, desigualdad social, intercambio intercultural y manifestaciones estéticas: el ejemplo de la Patagonia” .
Como se ve, son muchas las instituciones y los investigadores involucrados en esta obra que se propone leer la literatura “escrita en y desde la Patagonia”, considerada como “una literatura conscientemente híbrida, multiétnica, transnacional, muchas veces intermedial y todavía casi no estudiada internacionalmente” y abordándola –como es obvio por el título de la colección- desde la tradición teórica de los estudios culturales: Edward Saíd, Homi Bhaba, el Viñas de Indios, ejército y fronteras, etc. Como también se puede presumir fácilmente no ya por la tapa, pero por una ligera indagación en la bibliografía, el libro reitera la estrategia de la Historia de la Patagonia de Susana Bandieri, compilación y síntesis de una considerable cantidad de textos historiográficos escritos principal y mayoritariamente por académicos de aquella región. Como hay que escribir en las monografías, escribiría aquí que quizás no sea demasiado arriesgado afirmar que Bandieri et. al. son a esta Patagonia literaria lo que Mitre fue para aquel Ensayo filosófico sobre la evolución de la cultura en el plata. Parece que la filosofía y la historia preparan el terreno en relación al cual, la crítica mide las obras para intentar pensar sus sentidos (los de las obras de ficción y los de la crítica).
Los estudios del libro se ocupan principalmente de la literatura escrita desde fines de la década de 1970, cuando –según indica Hammerschmidt en la introducción- “en la Patagonia comienza a gestarse una generación de escritores que intenta emanciparse del discurso ajeno y exige el derecho de hablar en nombre propio de la zona que habita. En el marco de las resistencias organizadas contra las dictaduras militares de Chile y Argentina, en la Patagonia se constituyen talleres literarios que reivindican una representación sin la violencia de la mirada hegemónica”.
Son diez estudios de nivel un tanto desparejo. Los tres primeros, agrupados bajo el título “La literatura patagónica transfronteriza” se ocupan de obras y autores de épocas y géneros diversos. Laura Pollastri (que dirige junto a Gabriela Espinosa un proyecto de investigación de la UNCo titulado “Espacio, palabra y escritura en la literatura actual del sur de Chile y Argentina”), se ocupa en su estudio (“Literatura en el sur del mundo: Patagonia y escritura”) de obras de Liliana Ancalao, Héctor Kalamicoy y Juan Carlos Moisés. Pollastri incluye a estos autores en una serie que se inicia con Voz del desierto, de Eduardo Talero, libro de 1907 en el que Pollastri encuentra “la escena fundante del origen de la literatura moderna en Neuquén”. Se trata de una escena en la que Bouquet Roldán aparece trazando el mapa de lo que sería después la ciudad, apoyando el papel en “un cajón de municiones máuser”. Talero se acerca y le pregunta si está escribiendo un poema. “Ni más ni menos- replicó con viveza; pero poema moderno, no de palabras dulces, sino de piedra y hierro”, le responde Bouquet Roldán.
El estudio siguiente es el de Gabriela Espinosa y –por su evidente carácter introductorio- no se entiende por qué no está en primer lugar. Espinosa define allí -apoyándose en trabajos de Bandieri- a la Patagonia como un área cultural que trasciende los límites de los estados nacionales argentino y chileno. Retomando investigaciones coordinadas por Ana Pizarro, Espinosa plantea además que el caso del sur argentino y el chileno reclaman el estudio unificado de su cultura, de manera análoga a las literaturas del Caribe y la Amazonia, de las que se ocupa Pizarro en trabajos de la década de 1980.
El trabajo que sigue es de Silvia Mellado y se propone dar cuenta de la diversidad textual y el carácter dialógico de la literatura del sur, entendida como un dispositivo colectivo y político de enunciación que “muestra una comunidad potencial, necesariamente opuesta al patagonismo o a los relatos de otredad en cuya base se encuentran los proyectos occidentales coloniales”. Mellado analiza en su estudio obras de autores como Ancalao, Adriana Paredes Pinda, Juan Paulo Huirimilla e Ivonne Coñuecar, entre otros. La sección se completa con un estudio de Hammerschmidt sobre la novela Fuegia de Belgrano Rawson y el largometraje El viento se llevó lo qué, de Agresti. En las demás secciones del libro hay –entre otros- un trabajo acerca del Eisteddfod, el certamen poético de los galeses de Chubut, uno acerca de las culturas Selknam, Yamanas y Qwashqar. El último estudio del libro está dedicado a la poesía visual de No Vasquez, un poeta chileno casi desconocido.

                                                                                                      II

No hay que sorprenderse ni decepcionarse porque los estudios de este volumen recurran a una proliferación de terminologías tomadas de autores (como Edward Said, Ángel Rama y Deleuze/Guattari, por ejemplo) y tradiciones teóricas que a pesar de sus similitudes no suelen ocuparse del mismo objeto ni comparten exactamente sus objetivos. Conviene también aceptar esa escritura adaptada (aunque no tanto aquí como en otros casos) a los modales de la investigación universitaria actual, o algunos estudios cuya redacción es bastante torpe y sus análisis algo antojadizos o forzados.
Como siempre pasa con estos textos, solo el lector que venza el tedio que pueden provocar esos modales podrá aprovechar los datos y el conocimiento que pueden ofrecer quienes tienen la oportunidad de hacerse un lugar en las universidades, para que les paguen por consultar bibliotecas y escribir estudios (“producir conocimiento” como le dicen, agregándole a veces el adjetivo “crítico”). Aquellos que algo llegamos a leer de la literatura escrita en la Patagonia, encontramos en los estudios de este volumen una gran ayuda para saber qué más leer y algunas conceptos o sugerencias para elaborar lecturas propias. Por ejemplo, además de lo que ya señalamos, es interesante la relación que encuentra Laura Pollastri entre los diferentes modos en que la literatura piensa el espacio patagónico y cómo lo hace el capitalismo en sus empresas explotadoras, valiéndose de los mitos de los pueblos originarios para pluscualificar sus mercancías o -en el idioma del marketing- “agregar valor a la marca”. Pollastri rastrea cómo aparece el agua en los poemas patagónicos, y confronta esa serie con la publicidad de empresas que se dedican a cosechar las aguas de los glaciares de Chile para que algún forro se de el gusto de tomar agua de hace millones de años y unos pocos se llenen los bolsillos.
Pero aún más interesante es el lugar del intelectual patagónico que llega a percibirse en el estudio de Pollastri. Desde el principio su estudio discute con las versiones exotistas de la Patagonia (lo que –reciclando el concepto de orientalismo de Said- ella denomina patagonismo o patagonialismo) que se siguen reproduciendo. Sin embargo, sobre el final la doctora Pollastri escribe: “muchas veces cuando hablo de Patagonia frente a sus mismos habitantes veo la mirada de escepticismo, el desdén de quien considera que se le está exagerando o deformando la realidad”. Creo que esa escena es “sumamente significativa”, como se dice en las monografías. ¿Significará que justamente a quien se propone discutir y superar las versiones exotistas de la Patagonia también se la considera como alguien que reproduce una “mirada hegemónica”, un “discurso ajeno”? O bien: ¿ese desdén y ese escepticismo no responden más bien al saber letrado, universitario, al que –no obstante su ánimo crítico y heterodoxo, que no ponemos en duda- Pollastri no deja de pertenecer? Me lo pregunto esto último porque Pollastri no se refiere a otros investigadores o a las miradas de los siempre tan numerosos asistentes a los coloquios de Jena o Neuquén capital, sino que habla de la mirada de los “habitantes”, así a secas.
¿O será lo contrario? ¿Será que Pollastri (y Bandieri, Viñas, Rama, Said, etc.) hablan de algo que no pueden comprender quienes (por ejemplo, muchos habitantes de la Patagonia) se asumen como “argentinos” o “chilenos”, es decir como ciudadanos de un “país” en el que se confunden las nociones de cultura, nación, territorio y Estado?
Pollastri asume en ese fragmento final de su estudio un nosotros que no es una simple primera persona mayestática. Dramatiza su situación, su lugar de enunciación, y está pidiendo que la escuchen, sin desdén, que le crean, sin escepticismo. Esa dramatización es cuestionable y arriesgada, indudablemente, pero entre el falso desencanto y el amargo cinismo que se encuentra hoy tan seguido, resulta estimulante encontrar que alguien asume el riesgo de creer que la literatura y la crítica literaria pueden ser alimento de una comprensión crítica de la realidad y la historia.

Los Nombres de la Luna Llena

Si bien en la aburrida práctica moderna se deben asignar los nombres de las lunas llenas según el calendario gregoriano, es decir, en el mes en que cae la luna llena (por ejemplo: luna llena de marzo, luna llena de septiembre, luna llena de agosto, etc.), se sabe que tanto los ingleses, los amerindios y los hindúes llamaban a cada luna llena de acuerdo a sus costumbres y saberes, dado que tenían un conocimiento mucho más profundo y certero acerca de la influencia lunar en nuestras vidas.
Seguí leyendo

Esta noche 18 de Agosto: Luna del Esturión

Cada luna llena tiene su nombre. La de esta noche se llama Luna del Esturión o Luna Roja. Se dice que las tribus de pescadores de América del Norte llamaban a la luna llena de agosto la luna del esturión, un pez de gran tamaño de los grandes lagos y ríos, porque esta especie era muy abundante durante este mes y por tanto era más fácil de atrapar durante este mes. La luna llena o plenilunio de agosto tiene otros nombres: se le llama luna del grano o del maíz verde, luna del relámpago, luna del perro y luna roja, por el color rojizo que a veces adopta con la calima de verano.

En este momento nuestro planeta se encuentra situado exactamente entre el Sol y la Luna. El ángulo de elongación —lo que llamamos “fase”— de nuestra amada luna es, en este preciso momento, de 0º (cero grados); y la iluminación es del 100%. Esta noche está sucediendo el plenilunio de Agosto, es decir, la luna llena. Seguí leyendo

De escuelas “laicas” y otras yerbas

Muchas veces se escucha decir que la Escuela debería ser laica, lo cual implicaría que esta institución debería ser independiente de toda confesión religiosa. Ahora bien, hay muchos mitos y confusiones al respecto, presupuestos falsos que van quedando en el camino y otros que se incrustan en el tan discutible sentido común. Desde 1884 con la tan aclamada ley 1420 empiezan las confusiones, ésta no proclama que la educación en las escuelas publicas debe ser laica como infinidad de veces escuchamos decir de bocas de nuestros profesores, el artículo 8 de la misma es muy claro: “La enseñanza religiosa sólo podrá ser dada en las escuelas públicas por los ministros autorizados de los diferentes cultos, a los niños de su respectiva comunión y antes o después de la hora de clase.” La habilitación para la enseñanza religiosa en las escuelas es clara, pero también específica: nunca debería darse en el horario escolar. Seguí leyendo

Poesía y Etnografía

Justo ahí me fui a encontrar con Tejido con lana cruda, de Liliana Ancalao. Justo ahí, donde hay una canoa de los selk nam y fotos en tamaño natural de esos hombres desnudos pintados a rayas blancas y negras. Justo ahí, donde hay una foto de Aimé Painé con Nicacio Antinao y Honorio Calfuqueo; en la misma vitrina donde hay una foto de Celestino Aigo, y muy cerca de la sala donde están las fotos de la Aldea India, una “Exhibición de indios” que tenía lugar en el predio de la Sociedad Rural. Seguí leyendo

¿Dónde estás, María?

Poesía por

Te vieron caminando en la autopista
y la niebla te atrapó… fue capaz de evaporarte?
María… nadie pudo ver el rostro del espanto
que te atrapó en sus garras.
Y dónde está la sombra de tus pasos
el gesto de tus manos
al quedarse detenida
en tu mejilla?
Dónde está el susurro de la palabra
no dicha… sólo el aire de tu aliento
o el aliento cristal en la ventana
de alguien que miraba solitario
y no sabía. No sabía de vos María…
Que pasó entre esas fugas del misterio
quién llegó antes de la cita y usurpó
tu aliento que iba puro.
De quién las garras del cobarde?
Puede quebrar las piedras pesadas
del silencio
las alas de esa voz?

Un partido más

Autores/Ficción por

Dale juguemos un partido más, te prometo que te dejo hacer “esa de más” sin decirte nada, que gambetees hasta que te la quiten. No pienso ni abrir la boca si te veo que elegís patear al arco cuando yo vengo corriendo desde abajo y quedó solo. Salgo por vos en el segundo tiempo, tranquilo, jugate todo el partido, y si te queres quedar de chupamate, no vuelvas, yo te cubro. Te lo digo enserio, lo único que tenes que hacer es jugar un partido más… prometo por lo que más quieras dejarte cada tiro libre a vos, hasta me podes usar para amagar y dejarme pagando.

Mira lo que te digo si hago una jugada espectacular y me cometen penal, lo patees vos. Calladito me hago a un lado, para que le des con tu botín y la pongas contra la red. Si lo erras no pasa nada, son cosas que suceden… está bien, a veces se gana y a veces se pierde, lo entendiste siempre eso vos. Yo pensé que también, pero perderte y no volverte a ver en una cancha me suena extraño, no lo comprendo. Nunca fuiste el mejor, ni cerca del ser mejor, sin embargo cuando pisabas el césped no importa qué partido sea ibas a darlo todo por destacarte.

Seguí leyendo

VACA-CIONES

Autores/Ficción por

El cielo era celeste, temperatura no había, el pasto verde y un campo amplio, como si estuviera dentro de un almanaque. La vaca masticaba un fardo y me miraba con cara de tonta, movía el hocico de un lado a otro. La toqué, la acaricie un poco, apoyé mi cabeza en su frente y le agarré los cachetes como si fueran masa de pan. Le dije que su cuero marrón y blanco era hermoso y que perdone por tantos homicidios a su especie, (no me animé a comentar de su rica carne y darle las gracias por el Tango Adidas N°5). La tomé aún más fuerte de sus quijadas y sin despegar mi frente de la suya le dije: “Hoy te convertís en héroe, hoy vas a escapar por algún lado de este campo, tenés que vivir la vida”, elevando mi tono de voz terminé por gritarle, “vos no sos cuero de nadie”.

La solté de golpe, y la miré a los ojos. Ella siguió masticando y mirándome con la misma cara, como si no hubiera entendido lo que le dije. Caminó, se echó, la muy vaga, tiró un suspiro con mocos y pestañeó lento. Claro, ¿cómo me va hablar la vaca? Me hizo ojitos para decirme que realmente la situación de las vacas es dolorosa y preocupante y, ahora entiendo, se echó para meditar en lo que había escuchado.

La Vaquita
«Las vacas son belleza nene.»

Me apura la bocina del costado de la ruta, es mi novia para que sigamos viaje, me voy corriendo y mirándola hacia atrás le dije que no se olvide de mis palabras, que huya de ese campo.

A la vuelta de mis vacaciones iba reconociendo el lugar y supe que me acercaba al campo de la vaquita, pasé muy lento, tan lento que me detuve. Crucé la ruta caminando, miré de un lado a otro, y no estaba. Cuando estaba por volver para subir al auto, vi que se acercaba un caballo negro con un tranco rápido hasta el alambrado. Corrí hasta quedar muy cerca de él. Lo miré fijo, le pregunté si vaquita alcanzó a escapar, rápidamente se paró en dos patas y relinchó tres veces. Estaba muy contento con la fuga de vaquita, me golpeé dos veces con el puño del lado del corazón y le dediqué este triunfo. Le dije: barrilete cósmico, ayudá al resto. Las vacas son belleza nene.

¿Una Generación Autoexprimida?

Parece que ahora el trabajo de los poetas consiste en publicar plaquetitas y libros finitos de circulación restringida durante algunas décadas, hasta que Adriana Hidalgo o alguna editorial saca un libro gordo, con todos los poemas y un estudio elogioso. Aunque probablemente siempre haya sido así. Así fue con Juan Laurentino Ortiz, por ejemplo. Las transformaciones de la literatura impulsadas por la consolidación de la industria cultural, de las que hablaba Rama en “El boom en perspectiva” ¿no afectaron más a la novela y los novelistas que a la literatura escrita en verso?

Mientras para la mayoría de los lectores de poesía porteños el poeta más importante es Vicente Luy (la otra noche yo cantaba aquello de “Pablo de Rokha es bueno, pero Vicente…” y un joven poeta acotó: “qué grande, Vicente Luy”…) y Nulú Bonsai por suerte además de editar la poesía reunida de Osvaldo Vigna o algo así, también editó la obra de Ioshua (yo no me la pude comprar todavía), mientras muchos de los poetas de los 90 (Cucurto, Casas, Pavón, Desiderio, Mariasch) dejaron de reunirse en antologías de poesía joven y sacaron sus libros gordos de poesía “reunida”, Daniel Durand publicó un libro finito y de cuentos. ¿Cuentos? ¿No será que dejó de apretar enter y le dio backspace a algunos poemas que tratan de lo que su ex posteó en Facebook ese día? No. Se trata de Daniel Durand. Aunque hay un cuento narrado en forma de dialógo a través de un chat de Messenger o Facebook, y uno de los cuentos (“Cola de alpargata”) ya había salido en El Estado y él se amaron (de 2006), aunque los cuentos son autobiográficos o se presentan de esa manera y el protagonista de varios cuentos comparte algunos rasgos de la biografía conocida del autor, aunque tenga muchos rasgos en común con su época (los últimos 25 años, digamos) Durand es otra cosa.

[C]omo un Malboro: son diez cuentos y un “Anexo”, en el que leemos: “Tengo cuarenta años y ya me he autoexprimido en mi totalidad” ¿Habrá que leer esa oración como un indicio o una confesión de agotamiento o impotencia?
El primer cuento, titulado “Las pollitas” es quizás el más preciso en la técnica del cuento breve. Creo que fue Quiroga el que dijo que el cuento, como el soneto, se empieza a escribir por el final. “El cuento gana por nocaut”: dos o tres golpes para llegar al clímax, y a otra cosa. En “Las pollitas”, se refuerza el clímax mediante el recurso de poner el final justo al principio.

Tapa del libro
«Ruta de la inversión» de Daniel Durand

La temática “reventada” de muchos textos de Durand puede hacer que algunos textos parezcan descuidados o escritos “a la que te tiraste”, pero el cuidado en la elaboración técnica –siempre innovadora- es tan notable en este libro como en los anteriores de Durand, que encaran siempre formas, tonos y técnicas nuevas. Que se ponen a prueba y no se conforman con el camino de “muchos poetas que descubren su afinidad lírica con, por ejemplo, Williams, y entonces se dedican a escribir versitos objetivistas a la manera williamsiana” (son frases de un prólogo de Durand a Zelarayán). Hay muchos poemas memorables, que ya son clásicos, en la obra de Durand. El más conocido está en Ruta de la inversión (Gog y Magog, 2008, pero el poema era conocido de antes, si no me equivoco) se titula “Luz y oscuridad”:

“Llego, entro, prendo la luz de la cocina
y sorprendo a las hormigas coloradas
puliendo los platos y cargando
todos los restos de comida.
No me molestan, pero mentalmente
las advierto sobre la superpoblación:
hasta ahora el ecosistema se mantiene.
Sin embargo, si consigo trabajo,
comeré más, vendrán amigos y mujeres,
habrá más restos, ustedes crecerán
y tendré que echar insecticida.
Sólo esta pobreza puede mantenernos
delicadamente unidos.”

Es una respuesta y un complemento perfecto a otro famoso poema, pero de Casas, que me parece que se titula “Sin llaves y a oscuras”.

Tapa del libro
«El cielo de Boedo» de Daniel Durand

Está también ese librito pequeño y perfecto llamado El cielo de Boedo (Gog y Magog, 2004) donde -además de la serie que lleva el mismo título que el libro- están los geniales “guiones de poemas”, nueve verdaderos anti-poemas de amor. Acerca de la poesía de Durand escribió uno de sus mejores ensayos Damián Selci, antes de hacer “el paso hegeliano hacia la sociedad civil” y dedicarse a escribir sobre cómo la construcción política de las unidades básicas se puso al servicio de la derrota de Scioli.

[V]olviendo a Como un Malboro, hay cierta desobediencia a las buenas costumbres a nivel temático que quizás vaya junto con un cuestionamiento de las maneras de pensar más ampliamente diseminadas entre la gente progre y letrada. Le di a leer “Las pollitas” a una amiga feminista, verdaderamente feminista, pero además muy influenciada por cierto “feminismo” de meme de Facebook. Lo leyó en silencio, de una sola vez. Cuando terminó de leerlo sólo pudo responder a mis comentarios con una mirada de asombro. Quedó nocáut.

Foto del poeta Daniel Durand
El poeta Daniel Durand

La mayoría de los cuentos narran las aventuras o desventuras sexuales de un varón heterosexual. Desventuras de un bohemio, con su soltería, sus resentimientos, su deliberado “fracaso” en la carrera académica (ver al respecto el “Anexo I”) y su intacto compromiso con la escritura como continuación del rechazo a las maneras dominantes de darle forma de “carrera” a una vida que se derrama en forma de leche sobre las baldosas, o nubes en el cielo de un barrio al sur de la ciudad.

Las natalabras

[N]o hay que escribir como un escritor: hay que escribir como uno mismo. Porque sólo uno mismo puede contar las cosas como uno mismo. Las demás historias las escribirán los demás. Nuestras historias hemos de escribirla nosotros mismos. Y no basta para esto contar desde la propia historia. Es necesario además hacerlo con las palabras de uno. Porque si uno utiliza palabras ajenas, historias ajenas acabará escribiendo.

[M]is palabras son palabras de un predicador. Lo digo porque mi padre fue predicador y el mayor caudal de palabras que tuve durante la infancia y buena parte de mi niñez provino de mi padre. Mi viejo era predicador en una iglesia modesta, hacia el centro de la ciudad. Contaba con pocos miembros, pero fieles. Mi viejo se paraba cada viernes, cada sábado y domingo a derrochar cien, doscientas mil palabras, extraídas en su mayoría de la Biblia. Las que no, las tomó de sus estudios teológicos, basados en la Biblia, claro. Muchas de sus otras, otras, palabras estaban por su condición de ser argentino y del interior. No es sencillo, para mí, explicarme en estos términos. Tengo la sensación de que no lo estoy haciendo bien. Lo que quiero decir es que del total de mis palabras, un 40%, digamos, provienen de mi padre. Y esto, en un ciudadano normal, común y corriente, decir algo así como que el 40% del vocabulario que se tiene proviene de un determinado sector social, es decir necesario o suficiente.

Yo nací en una casa pastoral: mi padre era pastor, mi vieja era la esposa del pastor, y cada uno de mis dos hermanos y mis cuatro hermanas eran los hijos e hijas del pastor. Yo, durante muchos, muchos años, desconocí cualquier otra palabra ajena al discurso de la doctrina bautista. La iglesia Bautista, por si fuera poco, es harto conocida por ser teologizante. Sus feligreses, los denominados bautistas, son todos grandes teólogos. Todos. Hasta el que nunca leyó la Biblia, salvo diversos capítulos sueltos aquí y allá. Son muchos los que nunca leyeron entero un sólo libro del canon siquiera; pero son todos teólogos. Hasta yo. De ahí que muchas, (muchísimas), palabras de mi discurso sean palabras de un predicador. Les pido disculpas de antemano, si esto ofende. Pero si lo hace, piense bien que el que tiene que cambiar es usted, no yo. Porque puede ser que si yo cambio le deje de ofender, pero no va a eliminar la ofensa de su interior. Eso sólo lo puede conseguir usted… ¡Ahí va! ¡Ya ve que fácil me sale la venia predicativa! Más heme aquí, qué se me va a hacer.

[T]engo otro montón de palabras que no tienen nada que ver con todo lo que venía hablando antes. Y no me refiero a decir culo, puta, pendejo, huevón, traidor, pusilánime, paupérrimo, vigilante, yonki, faso, birra, damajuana, paja, preservativo, forro, puto, canejo, hijuemilpúta, forro, la puta que te parió, maldición, buda, Mahoma, tibetano, mantra, reliquia, tango, manifestación pública, universidad, libre, auténtica, fanática, gratuita, progreso, capitalismo, comunismo, consumismo, confusionismo, capital, barco, vaso, velero, vasco, neceser, camisón, ropita blanca, guarda, celofán, calefón, faro, Uruguay, mate, bombilla, calentador de agua eléctrico, bicarbonato de sodio, perfumina, almidón, libertad, LCD, menstruación, Patria Grande, anarquía, escuadrón, amanecer, sol, esencia, energía, hablo de tener… de decir… Bueno, sí quizá me refiera a decir eso. Palabras que no sé de dónde salieron pero sí sé de donde no salieron. Y esas palabras son las que me componen de principio a fin. El problema es que el predicador no da tregua. Nunca.

El gran hombre, mediante su actividad ordenadora, trae al mundo paz y seguridad.– Richard Wilhelm
“No hay que escribir como un escritor: hay que escribir como uno mismo.”

[D]e todas maneras ya no le funciona. Ya le dejaron de andar sus poderes persuasivos. Las otras palabras están ganando. Están copando el vasto territorio y están cubriendo nuevos. Las otras palabras aparecieron, me acuerdo, en las primeras veces que pisé la Facultad de Comunicación Social, de la Universidad Nacional de Rosario. La Siberia, la ciudad universitaria por sí sola, arquitectónicamente hablando, me habrá dado de 15 a 20 nuevas palabras en una primera impresión. Me daría muchas más después, pero en aquellos días todo era nuevo para mí. Me daba cuenta de que no sabía nada de nada. Que mi conocimiento de los 300 hombres que pelearon junto a JosuéGedeón contra un ejército y lo vencieron sin levantar armas, sin asomar el nazo siquiera, sino que haciendo uso de extraordinarios efectos sonoros lograron que los soldados medianitas se asesinen entre sí, que toda la información que tenía sobre las 12 tribus de Israel, el Pentateuco, la genealogía del rey David, hijo de Isaí, padre de Salomón, sería a partir de ahora información que no le importaría a nadie más que a mí y que por lo tanto no serviría nada de nada. Con sólo decir que una vez oí a una profesora de cierto renombre decir que el pentateuco era el Antiguo Testamento y que a Jonás se lo había tragado una ballena y nadie le dijo nada. Todos la escuchaban sabiendo que eso que estaba diciendo era información desechable, no preguntable en el parcial, por ende desestimable al instante. Yo también, por supuesto, pensé lo mismo. Comenzaba a no indignarme por ciertas cosas.

La Universidad me dio diez mil, quince mil, veinte mil millones mil palabras que no voy a volver a recordar jamás; pero tan hermosas…

[L]a moral, conseguida a base de ayunos y oraciones, comenzó a tambalearse. Las palabras nuevas, palabras hermosas como PROLETARIO, PULSIÓN, LEBENSWELT y SIGNIFICANTE, entre tantas otras más, no hacían más que mella en mi interior hueco, casi virginal. Yo era un pibe, por primera vez en mi vida. Las palabras me sacaron de donde estaba. Las palabras me patearon el hígado más de una vez. Las palabras me hirieron, me arrojaron al vacío, me sacaron ahora mismo y me volvieron a arrojar aún más lejos, más profundo, y me fueron a buscar. Las palabras, otras palabras, nuevas palabras, me reconstruyeron. Habitaron mis espacios, abrieron mis ventanas, dieron paso a la luz para que ingrese y muestre. Y la luz entró y vi muchas cosas que tenía que ordenar y ordené y eso dio lugar a otras palabras más antiguas, igual de nuevas para mí. Y yo supe que nunca más habría de querer otra cosa en esta vida más que palabras. Éstas. Que por ser justamente mías, no son las correctas.

Con esto te vas p'arriba