El juego de la palabra mágica

No es tan difícil la palabra. Y una vez aprendida, no podrán dejar de pronunciarla. La repetirán una y otra vez, como se repiten los salmos y las chacareras, las lecciones y las adivinanzas. Los hechizos de amor.

Es mágica, y no por ser especial, única o brillante, sino porque tiene sus trucos. Si funcionaran, esta palabra se transformaría en vida, construiría reinos y conquistaría el cielo. Si lograran cumplir sus requisitos exquisitos, vivirían en la magia de todas las palabras, en el dominio de los árboles siempre florecidos, en el encanto de las lunas perpetuas.

El primero paso, es básico y generalmente todos lo cumplen: la palabra debe ser dicha por dos personas, al mismo tiempo. La sincronicidad entre ellos es fundamental. Parece muy simple, poniéndose de acuerdo con un guiño o chasquiendo los dedos, pero cualquiera de estas muecas que no fuesen resultado de la afinidad, del entendimiento y de la semejanza, hará que los participantes queden inmediatamente descalificados.

Para que funcione, tienen que hablarla juntos, encontrando una conexión que no pueda ser percibida por nadie más que ellos en el mundo, como dos instrumentos marcando en su pulso la señal.

El segundo requisito para que los fonemas suenen destellantes, son los niveles de la voz y sus intenciones. Si ambos desafinan en el propósito, desfasan en sus tonalidades o alborotan distintas emociones, la chispa no enciende.

Si realmente se está listo para vivir las emociones que propone el juego de la palabra mágica, también habrá que empalmar las miradas. Las direcciones posibles son infinitas. Seguirán participando aquellos que descansen sus ojos en los ojos de su compañero, o los que iluminen el mismo horizonte. También coincidirán quienes se encandilen en la constelación de los lunares de la espalda de su compañero, o mojen sus miradas en alguna canción.

El color de la palabra también deberá coincidir. Para eso cada uno tendrá que pintar el suyo mezclando los que trae en su paleta: los heredados, los que sueña para él y los íntimos, los más profundos, los que lo hacen brillar de una forma u otra, dependiendo de cómo alumbre la luna. Esos tan propios que nunca va a mostrárselos a nadie. Si la mezcla de todos esos colores coincide, se formará un arcoíris y al final de ese arcoíris, nacerá eso que al nombrar da a luz.

Es virtud de la dupla ganadora la capacidad de encontrar categorías idénticas a articular, de manera tal que encastren en su forma. Lo que se juega en su morfología es la selección cautelosa de sus vértices. Sólo hay una elección sagrada, y es la que los nombra. Muchos son los recursos de los que disponen para saber qué pieza moldear: la palabra puede ser del tamaño del último abrazo o tener la forma de la almohada mojada. Su textura puede ser la de la arena húmeda en la espalda, con el peso de un secreto y aún así conservar la elasticidad de un hasta luego.

Esa palabra que eligen entre todas las palabras del mundo, no importa lo larga o corta que sea, si es azulada o marfil, si fue dicha como plegaria, como orden o como súplica, sólo debe ser verdadera, sólo en ese momento y para siempre. Debe contener en sí misma todas las otras palabras, todos los otros colores, todos los otros sentidos, todas las otras letras del abecedario y con ellas, toda la creación, todo el universo. La esencia de todas las cosas.

Y cuando por fin hallan la palabra perfumada, al mismo tiempo, con el mismo propósito, la misma dirección, el mismo color, la misma forma y relatando en ella toda su existencia, el sol brilla más fuerte. Los abrazos se hacen más calentitos. La bicicleta anda más rápido. Las metáforas se desvanecen. El mar sabe menos salado. Las ideas inspiran pasión. La ternura conmueve. Los llantos no perforan profundo. Las pesadillas no inmovilizan. La panza duele menos. Las mañanas huelen a jazmín. Las luchas por un mundo más feliz contagian más sonrisas, y los sueños quedan chicos… en algún lugar.

Se nos irá la vida colonizando coincidencias, buscando compañeros, habitando el lenguaje de las palabras mágicas y diciendo el amor.