Encuentro con Witold Gombrowicz

—¿Y por qué tomar ese riesgo, si ni siquiera sabías español?, —le pregunté esa mañana, mientras desayunábamos un sándwich de mortadela en la pensión para inmigrantes de la vieja Lourdes. Iban a cumplirse seis años desde que partí en un barco de Croacia con destino a Buenos Aires.

—¿Y por qué no? —contestó, y se puso a hojear el diario de los que tomaban café y fumaban en nuestra mesa.

Así comenzó mi día con Witold Gombrowicz, uno de los inmigrantes más interesantes que tuvo mi país a lo largo de su historia. Aunque entonces no lo sabía, se podía presentir algo distinto en su irónica mirada. Antes de acabar el desayuno, ya me había detallado los pormenores de su casi obligada migración.

—Creo que te castigás injustamente autoproclamándote un desertor —le dije.

—Sí que lo soy. Podría haberme vuelto a Inglaterra y de allí buscar la forma de volver a Polonia, o esperar a que terminara la guerra.

—No sabías cuando terminaría. Nadie lo sabía.

—Podría haber vuelto, pero no lo hice.

Quise saber por qué. Pero el polaco tardó en responder, saltó de la silla hacia la mesa, cubriéndose la cabeza con el diario como si lloviera. Los otros lo observaron sin sorpresa, sopando trozos de pan en el café hirviendo. Desde ahí arriba me preguntó:

—¿Qué harías vos si se desatara un terremoto dentro de tu casa?, ¿te ponés en el marco de la puerta, te tirás abajo de la mesa, o salís a la calle? —y comenzó a zapatear, como intentando trasladar a sus pies la picardía de su cada vez más irónica sonrisa.

—Salgo a la calle.

—Bien… —bajó de la mesa y se sentó de nuevo en la silla—. Entonces al final del día te voy a decir por qué elegí quedarme en la Argentina, a miles de kilómetros de mis amigos y mi familia.

…el polaco tardó en responder, saltó de la silla hacia la mesa, cubriéndose la cabeza con el diario como si lloviera.

En efecto, las tropas alemanas habían invadido Polonia mientras él y el resto de la tripulación paseaban por las calles de Buenos Aires. No eran muchas las opciones: o se volvía a Inglaterra a contemplar de cerca cómo masacraban a los suyos —cualquier intento de ingresar a Polonia significaba poco más que la muerte— o ponía sus ojos en la neutral Escocia, siempre dispuesta a recibir intelectuales de su talla.

—¡Pero quedarse en la Argentina! —dijo—. ¡Dios mío! ¡Qué locura! Las mujeres son hermosas, la carne sabrosa… Qué más se puede pedir.

—¿Qué fue lo primero que hiciste cuando el barco se perdió en el horizonte, y tuviste plena consciencia de lo que habías hecho? —le pregunté, ofreciéndole un cigarrillo.

—¿Cómo sabés cuándo tuve plena consciencia?

—No lo sé —contesté, encendí el cigarrillo y guardé el atado en el bolsillo de la camisa. El polaco se levantó, se puso una camisa oscura que colgaba de un gancho de la pared, y recién después de abrir la ventana y dejar que el aire circulara, encendió la pipa. Recuerdo esa manera de pararse ante los humos que salían de su boca, le otorgaba un toque de distinción que lo diferenciaba de los demás. Era mi segundo día en la pensión de la vieja Lourdes, el último de Witold Gombrowicz.

—Podrías meterte en problemas haciendo tantas preguntas —me dijo.

Quizá por una estúpida necesidad de obtener en un día el respeto que a él le había llevado diez años, o sólo por el atrevido impulso de impresionarlo y ganarme su confianza, fue que con casi veinte años menos que él me animé a retrucar:

—No tantos como vos si seguís fumando esa mierda.

Dicho esto, los hombres que aún sopaban el pan en el café giraron hacia mí sus cabezas, y volvieron a su tarea, envueltos en una mudez inquebrantable. En cambio, el hiperquinético polaco saltó sobre la mesa, y apuntándome con la pipa como si fuese un revólver, se echó a reír a carcajadas, hasta que la sonrisa comenzó a borrársele. Apretó la pipa con los labios.

Recuerdo esa manera de pararse ante los humos que salían de su boca, le otorgaba un toque de distinción que lo diferenciaba de los demás.

—¿Sabés una cosa? —dijo, y señalando a los espectadores, agregó—: Lo único que quise evitar fue terminar así.

La profundidad de su mirada era abrumadora, como una locomotora que a toda marcha se detiene a un centímetro de tu frente.

—¡El respetado león ya no es el maldito rey de la selva! —exclamó—. Y no al otro lado del Atlántico solamente —antes de que alguien pudiera reaccionar, se sacó la pipa de la boca, y caminando la mesa llegó hasta donde estaban los otros. Luego hizo algo que recuerdo a la perfección. Tomó la pipa con la mano derecha y apuntando a las cabezas de los hombres comenzó a dispararles con una furia tal que quizás sólo se pueda concebir en un “desertor” naufragando en tierras lejanas. Sus gritos eran ensordecedores.

—¡Viva la Patria carajo!… ¡Viva! ¡Viva! ¡Viva la Patria!… ¡Así matan a los niños en mi país muchachos!… ¡Así, a punta de pistola, muchachos, así violan a las embarazadas y así las dejan morirse de hambre y de humillación! —y continuó—, pero ¿cómo nos puede pasar esto a nosotros? A Europa y no a ustedes… ¡Oh Dios! ¡Si tan sólo tienen poco más de un siglo de historia! —como veía que los hombres seguían vivos, siguiéndolo con ojos tristes desde allí abajo, no pudo soportarlo más; apoyando la suela de su zapato diestro sobre sus pechos y afirmándose a la mesa con la otra pierna, uno por uno comenzó a derribarlos de sus sillas. Ni siquiera la vieja Lourdes, que observaba todo desde la cocina, se animó a intervenir. Un muchacho (rondaría los veinticinco años) que limpiaba baúles en un rincón —se había arrimado a la mesa atraído por el griterío— al parecer fue herido en sus sentimientos, y cuando el polaco se dispuso a patearlo, él, de un movimiento rápido lo sometió del tobillo y le giró el zapato en el aire, obligándolo a arrodillarse sobre la mesa.

—Supongo que dejarte rengo a esta altura no servirá de nada —dijo el muchacho, clavándole los ojos. El polaco sudaba como un enfermo, y realmente era admirable la soberbia con que soportaba la llave maestra que estaba a punto de romperle el tobillo en pedazos. Apenas tuvo aliento para decir:

—Hemos nacido para sobrellevar el dolor del mismo modo que el amor —sin dejarlo a salvo ni por un segundo del perturbador sarcasmo de su mirada.

Una vez recobrada la calma en el comedor de la pensión de la vieja Lourdes, yo mismo bajé a comprar una botella de vino y unas baguettes. El muchacho que había confrontado a Witold no hacía media hora, enseguida comprendió los motivos que lo llevaron a actuar de esa forma, y a modo de reconciliación propuso un brindis por el pueblo polaco.

—Que esta puta guerra acabe lo antes posible —dijo Witold, y aunque atajó la lágrima antes de que pudiera rodar por su mejilla, lo hizo del lado de adentro, que es tal vez donde más duele.

—Y cómo olvidarme del pueblo argentino —añadió, haciéndole fondo blanco al morocho.

Cuando la cosa hubo acabado, y sólo quedaban manteles manchados de vino y algunos zumbidos lejanos, sentí la voz del polaco que me decía al oído: “Me quedé porque en cuanto surgió la idea de volver a Europa, supe que aquí me encontraría a mí mismo, al verdadero Witold Gombrowicz”.

—¡Me cago! —exclamé, aún de espaldas a él—. Iba esperar al final del día para que me lo dijeras.

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