Infierno verde

Se lo pedí por favor. Lo hice en incontables oportunidades. Una y otra vez. Semanas enteras intenté que me hiciera caso, que se animara a probar cosas nuevas. Mi insistencia fue totalmente en vano. No hubo forma de convencerla.

La recuerdo terca, firme en sus decisiones. Cuando algo se le metía en la cabeza era inútil contradecirla.

Debo admitir que nunca fui muy amante de las verduras, no porque no me gustasen, sino porque las encontraba insípidas, aburridas, sin alma. Me eran indiferentes. Prefería una buena pasta, algún guisito, una carnecita mechada, qué se yo, otras cosas. Apenas cobraba el sueldo salía corriendo a comprar latas de mariscos o fiambres y quesos de todo tipo para las picadas. ¡Y qué picadas! Las mejores, las más ricas del mundo… al menos para nosotros. Compartía con ella esos momentos.

Fue en una feria del libro, hace ya algunos años. Caminábamos entre los stands cuando se topó con el libro. En la tapa se veía una cuarentona sonriente. Llevaba un atuendo típicamente andino y en el fondo se recortaba el Machu Pichu. El ejemplar se titulaba: “La milenaria dieta de las verduras y su relación con los ciclos solares”.

El título, debo admitir, me hacía ruido. En realidad la autora era una flaca forrada en guita que había hecho un viaje “iniciático” a las raíces aborígenes de América Latina y estaba, básicamente, currando con una guía para tilingas que se comían el verso de una dieta milenaria. Mientras todo esto pasaba por mi cabeza, ella ya estaba tarjeteando un ejemplar. Yo quedé impávido, sobrecogido.

Volvimos a casa y las jornadas venideras fueron agobiantes. Durante casi tres semanas se escuchaba una y otra vez música del altiplano. El sonido del siku me torturaba el cerebro. La mística andina estaba en un punto del que no había retorno. Luego siguió la dieta estricta, desintoxicante.

Comíamos verduras en todas sus formas y variantes. Ella experimentaba con un sinfín de cocciones y métodos. Incluso llegó a pedirme que le construyese un pozo en el patio para hacer cocción de verduras bajo tierra.”Los antiguos araucanos fueron pioneros en esto”, comentaba. Le dije que todo era muy bello pero que recordase el problema con la cámara séptica. Que si llegaba a hacer una sola palada las cosas se pondrían turbias.

Los días corrían y las hojas verdes, las ensaladas, las verduras grilladas, la quinoa, el amaranto, la soja texturizada, el miso y el arroz yamaní estaban en su mejor momento. Había olvidado el sabor del tuco, me moría por hacerme una omelette, pero ella tenía las riendas de la cocina. Los huevos y el queso provenían del abuso del hombre blanco sobre los animales, eran una atrocidad que afectaba el espíritu de la Pacha.

El cumpleaños del gringo Zanolla, mi amigo, fue el reducto gastronómico que me salvó en esos momentos aciagos. Pizzas, empanadas, sandwichs de miga (¡de ternera y queso!) y además, como cierre, torta Rogel. Capas de hojaldre y dulce de leche. La emoción me envolvía.

Las semanas siguieron pasando y ella continuaba con su ritual gastronómico. Cierta vez, de regreso al departamento, la encontré en un estado de éxtasis. Estaba sentada en la mesa de la cocina. Los ojos perdidos. De manera automática se introducía trozos de hojas verdes en su boca. Comía de un bol que contenía lechuga, rúcula, radicchio, una cosa parecida a un ¿trébol?, entre otras yerbas. Creo que ni siquiera registró mi llegada. Sin perder tiempo me aproximé a ella despacio. Le saqué el tenedor de la mano suavemente, retiré el cuenco y me dispuse a cocinar algo.

No había mucha variedad puesto que toda la heladera era una quinta. Recordé que habían quedado unos ravioles en el freezer. Corté unas cebollitas, un poquito de ajo, abrí una lata de tomates que me miraba con miedo desde la alacena y me hice una salsa pomarola que te voglio dire. Luego puse los ravioles en la olla y esperé que estuviesen listos. Rallé un poco de queso y di por finalizada la comanda.

Con el plato humeante me acerqué a ella. Todavía se la notaba extasiada, repitiendo frases de ese libro, maldito libro. Observó la preparación con detenimiento. Analizó las texturas, los aromas, el color del plato. Tomó un raviol pequeño. Lo olfateó, lo observó y luego se lo llevó a la boca. Inmediatamente recobró la expresión en el rostro. Sus mejillas volvían a resplandecer como antes. La alegría volvía a su cuerpo.

Se lo había pedido por favor. Había intentado en vano que probase nuevas cosas. Finalmente un tuco, una simple salsa terminó con el infierno. El infierno verde.

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