Las natalabras

No hay que escribir como un escritor: hay que escribir como uno mismo. Porque sólo uno mismo puede contar las cosas como uno mismo. Las demás historias las escribirán los demás. Nuestras historias hemos de escribirla nosotros mismos. Y no basta para esto contar desde la propia historia. Es necesario además hacerlo con las palabras de uno. Porque si uno utiliza palabras ajenas, historias ajenas acabará escribiendo.

Mis palabras son palabras de un predicador. Lo digo porque mi padre fue predicador y el mayor caudal de palabras que tuve durante la infancia y buena parte de mi niñez provino de mi padre. Mi viejo era predicador en una iglesia modesta, hacia el centro de la ciudad. Contaba con pocos miembros, pero fieles. Mi viejo se paraba cada viernes, cada sábado y domingo a derrochar cien, doscientas mil palabras, extraídas en su mayoría de la Biblia. Las que no, las tomó de sus estudios teológicos, basados en la Biblia, claro. Muchas de sus otras, otras, palabras estaban por su condición de ser argentino y del interior. No es sencillo, para mí, explicarme en estos términos. Tengo la sensación de que no lo estoy haciendo bien. Lo que quiero decir es que del total de mis palabras, un 40%, digamos, provienen de mi padre. Y esto, en un ciudadano normal, común y corriente, decir algo así como que el 40% del vocabulario que se tiene proviene de un determinado sector social, es decir necesario o suficiente.

Yo nací en una casa pastoral: mi padre era pastor, mi vieja era la esposa del pastor, y cada uno de mis dos hermanos y mis cuatro hermanas eran los hijos e hijas del pastor. Yo, durante muchos, muchos años, desconocí cualquier otra palabra ajena al discurso de la doctrina bautista. La iglesia Bautista, por si fuera poco, es harto conocida por ser teologizante. Sus feligreses, los denominados bautistas, son todos grandes teólogos. Todos. Hasta el que nunca leyó la Biblia, salvo diversos capítulos sueltos aquí y allá. Son muchos los que nunca leyeron entero un sólo libro del canon siquiera; pero son todos teólogos. Hasta yo. De ahí que muchas, (muchísimas), palabras de mi discurso sean palabras de un predicador. Les pido disculpas de antemano, si esto ofende. Pero si lo hace, piense bien que el que tiene que cambiar es usted, no yo. Porque puede ser que si yo cambio le deje de ofender, pero no va a eliminar la ofensa de su interior. Eso sólo lo puede conseguir usted… ¡Ahí va! ¡Ya ve que fácil me sale la venia predicativa! Más heme aquí, qué se me va a hacer.

Tengo otro montón de palabras que no tienen nada que ver con todo lo que venía hablando antes. Y no me refiero a decir culo, puta, pendejo, huevón, traidor, pusilánime, paupérrimo, vigilante, yonki, faso, birra, damajuana, paja, preservativo, forro, puto, canejo, hijuemilpúta, forro, la puta que te parió, maldición, buda, Mahoma, tibetano, mantra, reliquia, tango, manifestación pública, universidad, libre, auténtica, fanática, gratuita, progreso, capitalismo, comunismo, consumismo, confusionismo, capital, barco, vaso, velero, vasco, neceser, camisón, ropita blanca, guarda, celofán, calefón, faro, Uruguay, mate, bombilla, calentador de agua eléctrico, bicarbonato de sodio, perfumina, almidón, libertad, LCD, menstruación, Patria Grande, anarquía, escuadrón, amanecer, sol, esencia, energía, hablo de tener… de decir… Bueno, sí quizá me refiera a decir eso. Palabras que no sé de dónde salieron pero sí sé de donde no salieron. Y esas palabras son las que me componen de principio a fin. El problema es que el predicador no da tregua. Nunca.

El gran hombre, mediante su actividad ordenadora, trae al mundo paz y seguridad.– Richard Wilhelm
“No hay que escribir como un escritor: hay que escribir como uno mismo.”

De todas maneras ya no le funciona. Ya le dejaron de andar sus poderes persuasivos. Las otras palabras están ganando. Están copando el vasto territorio y están cubriendo nuevos. Las otras palabras aparecieron, me acuerdo, en las primeras veces que pisé la Facultad de Comunicación Social, de la Universidad Nacional de Rosario. La Siberia, la ciudad universitaria por sí sola, arquitectónicamente hablando, me habrá dado de 15 a 20 nuevas palabras en una primera impresión. Me daría muchas más después, pero en aquellos días todo era nuevo para mí. Me daba cuenta de que no sabía nada de nada. Que mi conocimiento de los 300 hombres que pelearon junto a JosuéGedeón contra un ejército y lo vencieron sin levantar armas, sin asomar el nazo siquiera, sino que haciendo uso de extraordinarios efectos sonoros lograron que los soldados medianitas se asesinen entre sí, que toda la información que tenía sobre las 12 tribus de Israel, el Pentateuco, la genealogía del rey David, hijo de Isaí, padre de Salomón, sería a partir de ahora información que no le importaría a nadie más que a mí y que por lo tanto no serviría nada de nada. Con sólo decir que una vez oí a una profesora de cierto renombre decir que el pentateuco era el Antiguo Testamento y que a Jonás se lo había tragado una ballena y nadie le dijo nada. Todos la escuchaban sabiendo que eso que estaba diciendo era información desechable, no preguntable en el parcial, por ende desestimable al instante. Yo también, por supuesto, pensé lo mismo. Comenzaba a no indignarme por ciertas cosas.

La Universidad me dio diez mil, quince mil, veinte mil millones mil palabras que no voy a volver a recordar jamás; pero tan hermosas…

La moral, conseguida a base de ayunos y oraciones, comenzó a tambalearse. Las palabras nuevas, palabras hermosas como PROLETARIO, PULSIÓN, LEBENSWELT y SIGNIFICANTE, entre tantas otras más, no hacían más que mella en mi interior hueco, casi virginal. Yo era un pibe, por primera vez en mi vida. Las palabras me sacaron de donde estaba. Las palabras me patearon el hígado más de una vez. Las palabras me hirieron, me arrojaron al vacío, me sacaron ahora mismo y me volvieron a arrojar aún más lejos, más profundo, y me fueron a buscar. Las palabras, otras palabras, nuevas palabras, me reconstruyeron. Habitaron mis espacios, abrieron mis ventanas, dieron paso a la luz para que ingrese y muestre. Y la luz entró y vi muchas cosas que tenía que ordenar y ordené y eso dio lugar a otras palabras más antiguas, igual de nuevas para mí. Y yo supe que nunca más habría de querer otra cosa en esta vida más que palabras. Éstas. Que por ser justamente mías, no son las correctas.

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